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HOLLY...WHAT?

He de confesar que no me llaman la atención ninguna de las películas en cartelera, ni por ganar un Oscar, ni por tanta vanidad mostrada por las "estrellas" del mundo del entretenimiento.

Para dramas, prefiero los clásicos, seguramente (cómo si hubiera alguna duda) voy en contra de la corriente, en fin, simplemente no me da la gana ver "El discurso del Rey", o "Red Social" y mucho menos "Black Swan", aunque esta última por crecer en una familia amante del Ballet Clásico debería ser mi prioridad.

Tal ves el aburrimiento que me han causado tantas películas con  faltas de fondo o de forma, o lo pintoresco de los juegos artificiales o las maravillas vacías de la recreación por medio de la tecnología, o las manipulaciones ideológicas de otras, simplemente le he perdido el gusto a este juego de excesos de las películas hollywoodenses.

Todavía me maravilla Akira Kurosawa, me río como loco con Cantinflas y Pedro Infante, la perspectiva de CS lewis desde la biográfica "Shadowlands" me emociona, "Ben-hur" me hace suspirar, pero para ver una película contemporánea no me fío de lo que me diga la taquilla (ni los Oscares), ni mis asesores cinéfilos (perdón pero lo tengo que decir), prefiero leer y después disfrutar con un buen cafe en la casa, pero sí me gustó el sentimentalismo de Toy Story 3 (he de confesar que hasta lloré), una de tantas y tantas cosas que debo de madurar de mi personalidad.

Hollywood, no comparto tus gustos, pero no se por qué no me siento para nada triste (Cómo si le importara a la mega-industria del entretenimiento, a diferencia de algún lector que le importe mi opinión).

Este maravilloso artículo de Juan Jose Garcia-Noblejas me ha encantado. Saludos a todos.


Oscares: gana el melodrama ("El discurso del rey") sobre la tragedia ("La red social")

Oscars
Si es que hay que hablar de los Óscares, no es cuestión de aciertos o desaciertos en quinielas, ni de buenos o malos candidatos o buenos o malos premios.

Mejor tomar un poco de perspectiva y recordar que son, antes de nada, unos premios sindicales de la industria estadounidense del cine, en los que -este año- votan sólo los 5.755 actuales miembros de la Academia, en sus 24 especialidades o gremios profesionales.

Tras estos pocos profesionales es fácil imaginar y saber que funciona una tupida red de presiones e intereses, de inversiones de ingentes esfuerzos, influencias e inversiones de dineros ad hoc, porque los premios y el espectáculo global de la ceremonia de entrega es un exclusivo trampolín para las taquillas y también para los personajes y adminículos de modas asociadas al glamour de la industria del entretenimiento. Que quizá es la primera industria del mundo.

Este año se ha planteado en la prensa, abonada por la publicidad y las relaciones públicas, una especie de competición -para los "premios grandes"- entre "La red social" como ganadora de partida, que ha sido superada en los metros finales de la carrera por "El discurso del rey".

 "El discurso del rey" es un melodrama bastante convencional, en el que vemos cómo "los reyes también lloran y tienen problemas físicos" y cómo los superan a fuerza de un esfuerzo denodado y de la amistad con un plebeyo. El tour de force más genuino del film es el de Colin Firth, y el comebackde Harvey Weinstein como productor capaz de gestionar la película hasta sus premios finales.

Hollywood se derrite ante los melodramas de personajes físicamente disminuídos que superan las dificultades, y se rinde ante la posibilidad de conceder un comeback a algún colega.

Por eso no es de extrañar que "La red social" haya salido tan mal parada en esta competición. Sobre todo, que David Fincher no se haya llevado el Oscar a la mejor dirección. Porque sin embargo hay que decir que, amén de la extraordinaria e inigualable música de Trent Reznor y Atticus Ross, el guión (adaptado, ok) de la película, escrito por Aaron Sorkin es quizá una de las mejores (y más difíciles) historias que han llegado a las pantallas en los últimos tiempos.


"La red social" es una gran tragedia contemporánea, y quizá por eso, porque no gusta ver (ni siquiera, en principio -y no deja de ser curiosos y sintomático- a los profesionales de la Academia) desfilar por las pantallas, con brillantez y sin guiños cínicos, la arrogancia, la vanidad, la avaricia y la envidia, precisamente mostradas y vistas en cuanto tales, sin adornos ni edulcorantes, en un complejo mundo actual descarnadamente trágico. Quizá por esto, digo, ha quedado relegada.

Gana el melodrama ("El discurso del rey"), que -como dice David Mamet- "nos hace sentirnos bien respecto de nosotros mismos, como en una fantasía adolescente". Y lo hace sobre la tragedia ("La red social"): también dice Mamet que "la tragedia es una celebración de la verdad". Y algo tiene que ver en esto aquello del deleite en Shakespeare: "when remedy is exhausted, so is grief", llegando cada cual hasta el examen extremo de sus propias opacidades personales, sabiendo que en ese hondón -si se quiere llegar- es posible que resida un escondido e inesperado recurso para el dolor.

Pero esto puede parecer demasiado esforzado y exigente para ser digerido como entertainment, sobre todo si hoy están ahí de por medio la superficial solemnidad de la alfombra roja, los peinados, trajes y vestidos exclusivos y demás, haciendo el juego de vanidades que exige la celebración del show televisivo global.

El triunfo del melodrama histórico (y conste que "El discurso del rey" me gusta como buen melodrama) parece confirmarnos en nuestra crédula, ingenua y pasiva aceptación de que -a fin de cuentas- hoy, en realidad, no nos pasa nada grave. Ni siquiera que estamos devaluando de modo inconsciente y peligroso nuestra capacidad de "recrear el ánimo", tarea nada leve en que reside el entretener.

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