En cambio, el ministro Bhatti que, según el Arzobispo de Islamabad, Mons. Anthony Rufin, puede ser considerado un verdadero mártir por su coherencia de vida cristiana, no sólo lucho por defender a las minorías, sino también para asegurar la libertad religiosa. En concreto, mantuvo un esfuerzo para que fuera abolida la “ley contra la blasfemia”, que discriminaba la libertad de los cristianos.
Por eso, el comunicado del Vaticano enfatizó el tema de la libertad religiosa: “El asesinato del Ministro para las Minorías de Pakistán, Shabbaz Bhatti, es un nuevo acto de violencia de una gravedad terrible. Demuestra cuanto sean acertadas las repetidas intervenciones del Papa a propósito de la violencia contra los cristianos y contra la libertad religiosa en general”.
En el otro caso, el próximo martes 8 de marzo, será votada en el Senado de la República una ley de ampliación de los Derechos Humanos. En el dictamen que se puede en la página web del Senado, se propone una modificación al Art. 29 constitucional.
En el documento se hace una distinción entre el “fuero interno” y la “exteriorización de las creencias religiosas”. Lo primero no lo puede ser legislado y por eso se tutela que cada quien crea en lo que quiera y que también se respete el no tener creencias.
En cambio, se propone que “los actos religiosos de culto público pueden ser restringidos o suspendidos, sin que ello implique la violación de un derecho fundamental”. En otra palabras, el derecho sólo sería reconocido en el fuero interno, pero no el externo; pues si lo fuera, no se podrían restringir o suspender sus manifestaciones, mientras no lesionen el bien común.
En cambio el Art. 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma que el derecho a la libertad religión “incluye la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado”.
Largo camino le queda al derecho humano de la libertad religiosa. Hace falta explicarlo más: que es parte de nuestra naturaleza humana, la cual es también social. No se trata de defender a una confesión concreta, sino de hacer justicia al hombre mismo.
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