Hace ya mas de un mes ha pasado desde que llegue a preguntar (en varias librerías) sobre títulos que me encantaría tener en casa y que había perdido por causas de fuerza mayor: Crimen y castigo, Rebelión en la granja, La iliada, la Odisea, etc.
Grande fue mi sorpresa cuando en ningún establecimiento encontré los libros que había perdido en mi colección, una colección que espero mi familia valore en lo futuro y yo pueda seguir disfrutando. Más grande fue mi sorpresa cuando me comentó el gerente de una cadena de librerías de nivel nacional al decirme que la Iliada nadie la pide, y que preferían traer más copias de "Twilight" o de "esoterismo" que de los clásicos. De verdad que me sentí ofendido y enojado no solo por la falta de fondo e intelectualidad de las lecturas actuales, sino la desaparición de clásicos por los fines comerciales de las empresas y la falta de criterio, buen gusto, pensamiento y análisis de las presentes y futuras generaciones.
Sin decir más, dejo el siguiente artículo que me pareció interesante y que ilustra este gran problema.
NO PUEDO negar que sentí rabia el otro día luego de que Rosario, una joven de 15 años, me contara qué le habían mandado leer en el colegio. Ella, que en las vacaciones devoró a Jane Austen y muestra un muy saludable interés por la literatura, debe enfrentarse ahora a Cruzada en jeans, novela de aventuras que cuenta la historia de un adolescente que se teletransporta a la Edad Media. Un descuido imperdonable
No resulta aceptable que los pedagogos de nuestra era crean que pueden desechar con absoluta facilidad el legado de los clásicos.
por Juan Ignacio Brito
Nada puedo tener contra Thea Beckman, la holandesa autora de esa novela inocua. Mi problema es con quienes han olvidado que el colegio es quizás la única oportunidad que tendrán nuestros niños y jóvenes de exponerse a los clásicos. Con los que creen que para que los estudiantes conecten con una temática ésta sólo debe ser actual y entretenida. En fin, con aquellos que están seguros de que lo relevante es que los alumnos aprendan la técnica de leer, sin importar qué ponen delante de sus ojos. De manera muy humilde, pero convencida, me permito decirles a todos ellos: están equivocados. Subo el tono y añado: no entienden nada. Un clásico no es una pieza de museo redactada hace mucho por un señor venerable que les escribió a sus contemporáneos de manera sesuda acerca de los problemas de su época. No. Es, más bien, un volumen que nunca acabamos de leer, aunque lo hayamos terminado cien veces. Un clásico, afirma Italo Calvino, es un libro que jamás acaba de decir lo que tiene que decir. Porque son capaces de abordar los temas universales que afectan y hieren la esencia del hombre de todas las eras, no hay ni habrá nada más actual que los clásicos de la literatura. Estos son, según sostiene la profesora de Harvard Marjorie Garber en su recientemente publicado Uso y abuso de la literatura, siempre contemporáneos, porque cuando los leemos los hacemos nuestros. Por eso resulta incomprensible que los planes de estudio prescindan ahora alegremente de autores clave de nuestra tradición y los reemplacen por escritores y obras a los cuales nadie recordará en apenas unos años. En lugar de llenar el intelecto de niños y jóvenes con las obras que han forjado nuestra cultura, los colegios colaboran a vaciarlos al pasar gato por liebre y pretender que sólo es valioso lo palpablemente actual y entretenido. Si, como señaló Chesterton, la comunidad humana está compuesta por los vivos, los muertos y los que están por venir, no resulta aceptable que los pedagogos de nuestra era crean que pueden desechar con tal facilidad el legado de los clásicos.
El valor de la literatura no radica sólo en hacer que los que se exponen a ella aprendan la técnica de redactar bien: dónde ubicar puntos y comas. Mucho más importante es que, como afirma Garber, esta es una forma de escribir que plantea preguntas que no tienen una sola respuesta. Quien lee un trabajo literario de calidad se expone a que el texto abra más interrogantes que las que cierra. Los clásicos, aquellas obras de calidad suprema producidas por intelectos superiores capaces de interpelar a todos los públicos de todas las eras, nos motivan a meditar sobre ideas y cuestiones imperecederas. Si queremos ofrecer a nuestros estudiantes la posibilidad de desarrollar su cerebro, nada mejor que exponerlos a las cumbres del pensamiento.
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