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cotufasenelgolfo: Democracia, conjuras de poderosos y medios de conspiración social


J.J. Noblejas nos aporta un excelente artículo, donde los medio de comunicación han tomado un poder que no les correspondía y su resultado ha sido tremendo, en la mayoría de los casos para mal. La situación está así, pero ¿cuales son los factores críticos de este permisivismo en las conjuras y la deseducación por medio de la "comunicación"?.
Como toda actividad humana, la respuestas está en el ser humano, siendo así, hay mucho que explorar, este artículo es un buen inicio. Desde cotufas en el golfo.

Democracia, conjuras de poderosos y medios de conspiración social

by  on 18 JULIO, 2011

Se comienza a hablar de democracia en peligro, a propósito del escándalo de los escándalos de escuchas ilegales e inmorales publicadas por parte del News of the World, y por tanto de personas poderosas como Rupert Murdoch, y Rebecca Brooks, directora ejecutiva de News Corp. en el Reino Unido, ayer arrestada en Londres, y del dimitido Paul Stephenson, jefe de Scotland Yard, y de Andy Coulson, ex jefe de prensa y amigo personal del primer ministro británico, David Cameron… Y de tantos otros más.
Pero parece que se habla poco de la ciudadanía y de los medios de comunicación. Se habla, en buena parte, de conjuras de poderosos, y no se habla (perdón por citarme: escribí un libro hablando, en serio, de Medios de conspiración social) de las necesarias y posibles conspiraciones entre ciudadanos y medios de comunicación.
Hoy habla Juan Varela, a propósito de este escándalo, precisamente de un Control ciudadano para la prensa:
La libertad de prensa corre el peligro de ser víctima de los abusos de unos pocos cuando el único filtro que no ha fallado es el del propio periodismo y la obstinación de The Guardian en perseguir el caso de las escuchas ilegales. ¿Es posible regular los medios para tener mejor periodismo?
A menudo, lo que sobra es control político mientras falta pluralismo, pero también una prensa y una audiencia críticas y combativas que vigilen y rechacen las malas prácticas y los abusos. Para lo demás están las mismas leyes que todo ciudadano, institución o empresa deben respetar. El resto es censura. (…)
Medios fuertes e independientes, con limitaciones a la concentración, periodismo sobre el propio periodismo y control ciudadano, ahora que las redes e internet facilitan el seguimiento y las reacciones, son indispensables. Libertad y ciudadanía crítica, como nos enseñaron pensadores como Walter Lippmann o Jurgen Habermas, son la mejor regulación.
Tiene razón (matizando sus autores de referencia, que es otra historia), porque ahora mismo sigo pensando lo mismo que escribí hace años:
[que] los medios de comunicación ya han sido parte de excesivo número de conjuras políticas y económicas como para plantearse seriamente la conveniencia de conspirar: entre otras cosas, porque conspirar supone plantear una especie de juego social de suma positiva, en el que todos los que participan salen ganando.
Entiendo que los medios de comunicación han de conspirar, con sus saberes, junto a la sociedad civil y sus poderes, básicamente políticos, en clave ciceroniana. Entiendo que los medios de comunicación tienen su razón de ser y su autonomía profesional en ámbitos primarios cercanos a los saberes vitales y prudenciales, más que junto a los poderes políticos y económicos, si quieren ser genuinos factores dinamizadores, racionalmente benéficos para el conjunto de la sociedad.
Tiene razón Neil Postman cuando postula que, si bien hemos logrado obviar un mundo dominado por el fascismo temido por Orwell, estamos sin embargo inmersos en el peligro real de deslizarnos hacia un mundo, entrevisto por Aldous Huxley, en el que predomina el olvido y la irrelevancia.
Orwell temía a quienes podían prohibir los libros, privarnos de información y alejarnos de la verdad, secuestrando nuestra cultura. Huxley, sin embargo, temía que no hubiera razón para prohibir los libros, porque nadie quisiera ya leerlos; temía que tuviéramos tanta aparente libertad, que nos convirtiéramos en seres pasivos y egoístas; temía que la verdad se ahogara en un mar de asuntos irrelevantes; temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial.
Algo semejante dice Nicolás Grimaldi cuando habla en L’ardent sanglot de las relaciones entre el mal y el arte: cuando cualquier cosa puede aspirar a la dignidad de ser una obra de arte, cuando cualquier cosa es al tiempo tan interesante como insignificante, cuando nada es ni bello ni feo, ni emocionante ni ridículo, es que el mal ha triunfado por doquier. El mal no es tan presuntuoso como para pretender ser amado, estimado o apreciado: le basta con persuadirnos de que no hemos de juzgar.
Y hemos de juzgar precisamente acerca del mal, como lo advierte, por ejemplo, Norbert Bilbeny, al hablar del idiota moral, tras la huella de Hannah Arendt. Hay que refrescar ante nuestra cultura los riesgos de lo trivial, el peligro de engolfarse en banalidades, porque la idiocia moral hace que el mal predominante, a veces inconscientemente promovido, sea hoy el mal banal (como fue el mal hecho por Eichmann o Stalin). Un mal que es tan brutal como el mal pasional y tan monstruoso como el mal satánico (Calígula, Nerón o Charles Manson) o el mal mesiánico (Goebbels, McCarty o Ramón Mercader), pero que a diferencia de estos tres, es el más siniestro por ser menos perverso, precisamente por ser el único en que no exige deliberación por parte de quien lo lleva a término
Y por eso entiendo que
no es propio de la dignidad profesional de las tareas de comunicación que éstas sean lugar habitual para “recaderos” o “curritos”, meros ejecutores de reglas y órdenes técnicas (materiales e intelectuales), o de consignas ideológicas, enajenados por sistema -so capa de eficacia organizativa- de cualquier conexión inmediata con el trabajo directivo. Todo profesional de la comunicación tiene entre manos tareas que, al no seguir reglas fijas, tener la pretensión de acertar, y ser de resultado incierto, le involucran como persona: y eso es propio del trabajo directivo.
Considerar las profesiones comunicativas implica de entrada saber que atañen a decisiones de sujetos libres en cuestiones antropológicas teóricas y prácticas, antes que a un tecnosistema organizativo de objetos y medios: quizá hay que levantar del banquillo y volver a introducir en el terreno de juego la cláusula de conciencia. Quizá, al ver la pretensión de protagonismo de las “nuevas tecnologías”, ha llegado el momento de dejar de mirar supersticiosamente a la comunicación, y de comenzar a escudriñar sin remilgos las dimensiones morales de su condición de pertenencia al ámbito de la razón práctica. Es decir, de la razón ética y política, pero también -sin solución de continuidad- razón poética, retórica y estética.
Decía Aristóteles que lo que distingue a un verdadero político de aquel que no lo es, es que el primero busca la vida buena de los ciudadanos y el segundo su propio interés (Política, 1279a 16-20). Esa es, de entrada, la distancia que media entre el conspirador y el conjurado, desde los horizontes prácticos de la comunicación.
Si de verdad vivimos en una democracia, eso quiere decir que el ciudadano es (o debería ser) político, y que los medios de comunicación son (o deberían ser) políticos, en el sentido verdadero del término. El genuino, como dice Aristóteles, es que el primero busca la vida buena de los ciudadanos y el segundo su propio interés.
En el caso de News of the World, y Rupert Murdoch, y Rebecca Brooks, y Paul Stephenson, y Andy Coulson… y de tantos otros más, y no sólo en el mundo anglosajón, parece que las cosas andan al revés: primero el propio interés, y luego -si es el caso- ya veremos…
Ante una postura tan extendida como perversa e inmoral, podría parecer “pedir cotufas en el golfo”, un quijotismo imposible, pero entiendo que ya va siendo hora de que el sentido común cívico deba poder conspirar con un correcto interés de los medios de comunicación social, orientado hacia el bien común…

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