Hace algunos días me enganche (esclavo de pasiones inútiles que debo de controlar) en un diálogo que terminó atacando a la familia "tradicional" por parte de los locutores de cierto medio de comunicación. Para no entrar en detalle, al final nadie salió convencido de nada ya que realmente no había que convencerse de nada, el opinar sobre lo que es la familia es como opinar sobre el sol o la luna, no se puede opinar sobre una realidad fundamental de la humanidad, aunque el presidente de USA o grupos ideológicos o la misma ONU digan lo contrario, el hecho es que aunque muchos opinen que la muerte no existe, no por eso no van a morir (al menos en este plano humano).
Cumplí en la medida que me dictaba la conciencia, pero es muy difícil dialogar con gente tan agresiva y ciertamente ignorante de la realidad del ser humano y la misma sociedad a la que viven, que vale la pena recordar, ellos nacieron de una familia a la cual atacan. Sin familia no hay vida, no hay estabilidad, no hay humanidad, contra esto están todas las facciones ideológicas que quieren cambiar el concepto de familia. Los que atacan a la familia lo que realmente pelean es por "un estilo personal de vida" que nadie les puede imponer pero ellos si quieren imponer.
Todos estos grupos han sido "potenciados" por algunos gobiernos (en especial el del Distrito Federal), les han dado conductos de comunicación y "fuerza política", para no dar tantos rodeos concluyo citando a J.R. Ayllón algo del artículo (La gran depuradora) que presento a continuación: "los Gobiernos que legislan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen".
La gran depuradora
Un amigo ingeniero me dice que la familia es la gran depuradora, capaz de reciclar y purificar la espesa capa de mugre y malicia que a todos se nos pega en la calle. Con su comparación ingenieril, él me da el título de esta columna y yo le doy la razón. Porque es verdad. Cuando las aguas bajan sucias, cuando la televisión envenena las fuentes de la verdad y del buen gusto, cuando se legisla contra la vida de los más débiles, cuando se quiere sumergir a los jóvenes en el hedonismo y el sinsentido, nos queda la familia.
En su seno suceden las cosas más importantes de la vida, pues el lugar donde todos nacemos y morimos no es una oficina o una fábrica. En la familia el ser humano nace, crece, se educa, se casa, educa a sus hijos y al final muere. En la familia se aprende y se enseña a vivir y a morir, y esa enseñanza realizada por amor es un trabajo social absolutamente necesario, imposible de realizar por dinero. A nuestro gobernantes socialistas les recordamos que la primera y más importante socialización se realiza en el hogar. No hay yo sin tú, y el primer tú que contempla el recién nacido, antes de reconocerse a sí mismo, es el semblante de su madre. Por eso, antes que ciudadanos, los hombres y las mujeres somos miembros de una familia, de una institución que aparece como la primera y más importante de las formas de convivencia, la tradición más antigua de la humanidad. De hecho, si la humanidad no se hubiera organizado en familias, no existirían los Estados y sus Gobiernos.
En su seno suceden las cosas más importantes de la vida, pues el lugar donde todos nacemos y morimos no es una oficina o una fábrica. En la familia el ser humano nace, crece, se educa, se casa, educa a sus hijos y al final muere. En la familia se aprende y se enseña a vivir y a morir, y esa enseñanza realizada por amor es un trabajo social absolutamente necesario, imposible de realizar por dinero. A nuestro gobernantes socialistas les recordamos que la primera y más importante socialización se realiza en el hogar. No hay yo sin tú, y el primer tú que contempla el recién nacido, antes de reconocerse a sí mismo, es el semblante de su madre. Por eso, antes que ciudadanos, los hombres y las mujeres somos miembros de una familia, de una institución que aparece como la primera y más importante de las formas de convivencia, la tradición más antigua de la humanidad. De hecho, si la humanidad no se hubiera organizado en familias, no existirían los Estados y sus Gobiernos.
La especie humana no es viable sin la familia. Pero sería equivocado concebirla como célula de la sociedad tan sólo en sentido biológico, pues también lo es en el aspecto social, político, cultural y moral. Virtudes sociales tan importantes como la justicia y el respeto a los demás se aprenden principalmente en su seno, y también el ejercicio humano de la autoridad y su acatamiento. La familia es, por tanto, insustituible desde el punto de vista de la pedagogía social. Su propia estabilidad, por encima de los pequeños o grandes conflictos inevitables, es ya una escuela de esfuerzo y ayuda mutua. En esa escuela se forman los hijos en unos hábitos cuyo campo de aplicación puede fácilmente ampliarse a la convivencia ciudadana. De hecho la convivencia familiar es una enseñanza incomparablemente superior a la de cualquier razonamiento abstracto sobre la tolerancia o la paz social.
Espectadores de una crisis familiar sin precedentes, muchos analistas sociales llegan de nuevo a la vieja conclusión de que la familia es la más amable de las creaciones humanas, la más delicada mezcla de necesidad y libertad. Sólo ella es capaz de transimitir con eficacia valores fundamentales que dan sentido a la vida, y eso la hace especialmente valiosa en un mundo consagrado al pragmatismo. Poco hay que enseñar a una mariposa o a un pulpo, pero si los seres humanos quieren alcanzar la madurez personal deben estar bajo la protección de personas responsables durante largos años de crecimiento intelectual y moral. En este hecho natural y evidente descansa la tarea insistituible de la familia, y también es evidente que su desconocimiento está generando un coste social y unas patologías alarmantes. Me temo, por ello, que los Gobiernos que legislan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen.
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