Fuente: La Rioja.com
No lo digan a nadie, por favor. Séanme muy discretos, sobre todo con las grandes agencias informativas y los medios de comunicación de mayor pegada.
Lo que les voy a contar es cierto. El papa lleva ya varios días de viaje hacia España, hacia Madrid, pero - y esta es la gran primicia informativa que les brindo- lo está haciendo en burro. Han leído bien, en burro.
Siempre que ha venido el papa a España, unos pocos columnistas, algunos políticos y sindicalistas y, lo que es más pintoresco, unas decenas de clérigos católicos, nos dan la murga con que el viaje del papa a España es un viaje inoportuno y, sobre todo, caro. Lo concretan (¿de dónde lo sacan?) en cincuenta millones de euros. Y apostillan: «con el hambre que hay en Somalia y con la de pobres que hay por todas partes, ¿a quién se le ocurre venir a España, dando lugar a un gasto semejante?».
El papa Ratzinger, que es muy buena persona, y también un poco mayor, ha decidido dar gusto a todos estos profetas y reivindicadores y ya lleva varios días de camino hacia aquí. Le acompaña su secretario particular, modestamente vestido de sacerdote. El papa, por su parte, luce un hábito indefinido terminado en una capucha que le libra del sol y de las miradas indiscretas. ¿Lo novedoso? El burro. Han sido tantos y tantos los que han recomendado al romano pontífice que adopte el talante y estilo de Jesús de Nazaret, que lo va a imitar al pie de la letra y, al igual que el Hijo de Dios entró en Jerusalén a lomos de un pollino, a falta de este, el papa entrará en Madrid montado en un burro, que, no vayan a creer, no ha sido fácil encontrar.
El papa y su secretario caminan los dos evitando las poblaciones a fin de que ningún Estado gaste nada en medidas de seguridad. Descansan y comen en mesones limpios y austeros, y en el trayecto están haciendo mucho bien a muchas personas. Un chavalillo francés lo reconoció hace dos o tres días, pero sus padres, creyendo que el niño deliraba, le dieron un capón en el cogote y le dijeron que «si es que se estaba volviendo tonto o qué».
Una vez en nuestro amado país, el papa ha previsto moverse como lo hacía Jesús entre las multitudes que, a menudo, casi llegaban a aplastarlo. Pero como curó a muchos con solo tocarle, seguro que la cercanía del papa hará que muchos españoles se conviertan a Dios de una vez y para siempre.
Nada de Policía, ni nacional, ni local, ni nada. Si pasa algo, ya se les pedirá cuentas a los que se han quejado tanto de los gastos de su venida.
Por cierto que, a propósito de los que están todo el día con el sofisma del papa y los pobres, o lo que viene a ser lo mismo, de Dios y los pobres, han de saber que gracias a ese señor y a sus antecesores, hay millones de hombres y mujeres en el mundo que -animados por un Dios que existe y en el que creen- mandan toda la ayuda que pueden a Somalia, a Etiopía y a otros muchos sitios de hambruna, en los que casi siempre son sus propios dictadores musulmanes los que no dejan entrar tales ayudas venidas del mundo cristiano y occidental. Ahí están Cáritas, Manos Unidas, cantidad infinita de parroquias, frailes y monjas, y toda la multitud de creyentes, muy generosos con su dinero. Y aunque le pese a más de uno, seguirán siéndolo, sin buscar ningún aplauso y sin protestar contra nadie.
Conviene recordar una vez más que el papa viene a España invitado por los obispos, los curas, los religiosos y los laicos de España. Y la Iglesia española paga todo lo que es atención del papa, porque para eso es su invitado. Los gastos de su seguridad son exactamente los mismos que genera la presencia aquí de cualquier mandatario extranjero, o de cualquier cantante o artista de cine, pongo por caso. O de la presencia del Real Madrid en el Nou Camp o del Barsa en el Bernabéu. ¿Quién voceó y protestó por los dineros gastados en los homenajes a la 'Roja' por su campeonato del Mundo en Sudáfrica? Yo no, por supuesto, por la sencilla razón de que me hicieron muy feliz.
Y ya para terminar: estén todos tranquilos, que el papa vendrá en Alitalia y volverá en Iberia, como corresponde. Y aquí lo recibiremos con los brazos abiertos como a una persona querida y entrañable. Y los que no estén de acuerdo, pues que se aguanten un poco. Al fin y al cabo es lo que hemos de hacer todos y con relativa frecuencia. ¡Faltaría más!
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