Hay mucho por lo cual agradecer, y mucho por lo cual es obligación salir a las calles. Unas semanas atrás comenté en clase algunas realidades de la teología moral, donde se nos manda a dar lo que le corresponde a los necesitados, no es caridad, es dar lo que nosotros tenemos y ellos no, recordando que para que nosotros tengamos un lujo, ellos, por diferentes circunstancias no lo tienen. Al final el comentario sucito una serie de preguntas polémicas, ya que nadie estaba dispuesto a dar lo que tenían, "deseaban" dar lo que les sobra, y claro, mucho menos estaban (o están) dispuestos a comprometerse a conocer a esas almas que pasan a nuestro lado con ropas mucho menos lujosas que las nuestras o en otros casos...sin botas o un calzado decente.
Se habla de derechos...me parece mejor hablar de obligaciones, porque al final del día tener la vida es un gran regalo que la mayoría de nosotros desaprovechamos en cosas mundanas, respetos humanos y en cosas materiales que no están ordenadas a la felicidad que al final de este plano, sabemos que es Dios.
Como ya es costumbre dejo el complemento desde otra página, que no es otra que la conocida Scriptor de JJ Noblejas.
Un policía de NY: foto de botas y calcetines y un pobre descalzo en Times Square
No hay mucho que contar, aunque la historia ha dado la vuelta al mundo: NY Times, Corriere della Sera,Facebook (2 millones de vistas y 333.118 "likes" cuando escribo).
El agente de policía, en NY, cerca de Times Square, patrulla con los pies helados de frío, pese a llevar puestos dos pares de calcetines.
Ve un pobre descalzo en la calle. Y entra en un comercio de ropa y calzado para el frío y compra unas botas y un par de calcetines. El dependiente le descuenta su propio beneficio del precio de venta.
El agente entrega botas y calcetines al indigente. Pasa por allí en ese instante una turista que viene de Arizona y hace la foto con su teléfono y la pone en la red.
Ayer esperaba el autobús, bajo el diluvio torrencial del año, en Roma, frente a Zara, cerca de Piazza Colonna. Sin foto: un misérrimo greñoso, sucio, sin pantalones, con una gabardina azul raída y rota, tapando sólo algunas vergüenzas, pisaba descalzo los mismos charcos que los que hacíamos cola intentábamos evitar, y tendía la mano, pidiendo; nada en concreto: no hacía falta. Junto a mí, una chica joven, sujetando el paraguas como pudo, sacó de su bolso un paquete de galletas, que probablemente era su almuerzo, y lo puso en sus manos. Me acordé del relato en el evangelio del óbolo de la viuda, dando, no de lo que le sobraba, sino de lo que tenía para comer. Hoy, leyendo la historia del agente de Times Square, la he vuelto a recordar.
No hay mucho que contar, pero sí quizá algo que pensar sobre la inmensidad del número de gentes buenas y -ya de paso- preguntarnos si realmente podemos contarnos entre ellas. Sin foto ni historia publicada de lo sucedido.
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