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Hay que entender el sufrimiento | Opus prima

Fuente original: Opus prima
Autor: Joan Figuerola

El rotativo ‘The Guardian’ publica una noticia escalofriante: cada 40 segundos una persona en el mundo se quita la vida. Desde el comienzo de la crisis financiera la tasa de suicidios aumenta vertiginosamente, sobre todo en Europa: sólo en España cada día nueve personas deciden poner fin a su existencia. Nadie, en su sano juicio, “elige deliberadamente la infelicidad” (Bertrand Russell, “La conquista de la felicidad”); sin embargo, “la felicidad no puede lograrse o gestionarse de una manera directa” (Robert Spaemann, “Ética, política y cristianismo”). El camino de la felicidad se halla, ineludible, en la realidad misma, en el encuentro con las personas. La capacidad de ser feliz depende, exclusivamente, de dos factores: del mayor autoconocimiento posible y de la aceptación de todos aquellos aspectos o circunstancias que no dependen de uno mismo. Éste último implica la facultad de saber sufrir; de entender y comprender las dificultades, las oposiciones, la coyuntura en definitiva, que uno puede encontrarse a lo largo de su peregrinar por la vida. Quien lo logra puede mantener la entereza e incluso la felicidad en la más terrible de las situaciones, ya sea física, psíquica o económica.


“Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos” (Dostoievski, “Noches blancas”). La persona debe aprender a sufrir, pues el sufrimiento, junto con el placer, forma parte del desarrollo de la naturaleza humana. La vida posee sentido absoluto y la persona puede ser feliz bajo cualquier situación; en cambio, la desesperanza es el sufrimiento sin propósito que conduce al hombre a la acción más terrible e ilógica, la de quitarse la propia vida. El único modo humano de salir del estado de vacío existencial y de depresión es aceptar la realidad tal cual es, con su sufrimiento y su angustia, y descubrir que la vida goza de sentido, que apunta a un fin y que este fin no es el abismo como sostiene Cioran: “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades […] para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha recordado la psicología del prisionero en un campo de concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es merecedor de sus sufrimientos o no lo es” (V. Frankl, “El hombre en busca de sentido”).

 El sufrimiento posee un sentido. Cuando nos enfrentamos a situaciones inevitables frente a las cuales no poseemos, de inmediato, las herramientas necesarias o suficientes para cambiarlas uno debe aprender a aceptar el sufrimiento que causa a condición de que tenga un sentido, que primeramente supone cambiar la actitud frente a ese destino que parece apuntar hacia la zozobra y, en segundo lugar, y más importante, reside en  la ocasión para fortalecerse en el camino de la autorrealización, que es el compromiso del cumplimiento del sentido de la vida. La felicidad no se corresponde con las películas edulcoradas de Hollywood ni se halla en mundos virtuales en el que uno simula realizar todo lo que le place evitando todo aquello que juzga negativo, sino que la felicidad reside en afrontar la vida, aceptándose los hechos que no dependen propiamente de uno tal y como se presentan.

La felicidad es el fin del hombre, aquello hacia lo que apunta y que no es objeto de su elección, sí la de los medios mediante los que puede alcanzarla. Si la felicidad es la continua realización de la vida buena y mejor para el hombre, también es aquello que nadie puede dejar de querer nunca, incluso en las peores y más perdurables circunstancias. Sin embargo, hemos malentendido la felicidad, creyéndonos que es aquello que procuran las cosas que deseamos; pero estas, cuando se las juzga como razón de fin, nunca ofrecen lo que prometían o erróneamente creíamos que nos darían. Hemos confundido la felicidad con el deseo y en el ambiente más adverso donde este es inviable nos derruimos cual castillo de naipes, pues no sólo no hallamos motivo para afrontar la realidad y avanzar, sino que incluso cooperamos en la realización de nuestra propia fosa. La felicidad, la vida dichosa, no radica en la obtención del placer, de aquel subjetivo ‘sentirnos bien’, ni en ambicionar los medios para alcanzarlo, ya que tal interpretación no porta más que al desengaño.

La felicidad reside en la vida lograda, que se alcanza a pesar de las muy adversas circunstancias, las peores imaginables. Cuando la existencia se entiende como un todo unitario, el sufrimiento y el dolor no sólo son hechos que ayudan a configurar la vida de una persona, sino que incluso asumen un sentido positivo. Por tanto, “la felicidad es más que estar ‘happy’, o que “encontrarse bien”. De lo contrario, el hombre más feliz habría de ser aquel al que se le mantuviese narcotizado durante un par de decenios, dejándole en un estado de euforia artificial a base de suministrarle sustancias estimulantes mediante hilos conectados al cerebro. Pero, ¿quién de nosotros querría cambiarse por él? Nadie. Preferimos la vida real. Pues la felicidad tiene algo que ver con la realidad” (Robert Spaemann, “Ética, política y cristianismo”). Así, el sentido de la vida y la felicidad no descansan únicamente en la suma de todos los momentos alegres de la existencia, sino más bien en la integración de la vida en una totalidad, con los buenos y malos momentos, pues los buenos y malos momentos, ambos, edifican y forjan la vida realizada de la persona que es dueña de sí misma y que no tiende a ir de apetito en apetito, propio de aquel que sólo se experimenta feliz mientras perdura la satisfacción.

Quien sólo es feliz en los momentos en los que se halla satisfecho muy probablemente tema más a la vida que a la muerte, razón por la cual ante la incapacidad de afirmarse como sujeto satisfecho decida tornarse en objeto y procurarse la propia muerte. ¿No será la vida misma la que debe ser motivo de nuestra felicidad y no la búsqueda de motivos para experimentarla felizmente?

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